Los juegos de mesa son el regalo perfecto para compartir en Navidad, pero también para que nuestros hijos aprendan mientras se divierten.

Un juego de mesa no falla. Se abre el regalo y al poco tiempo es muy posible que toda la familia esté alrededor preparada para que empiece la partida. 

Pero es que, además de divertidos, son educativos. Y no solo aquellos que están específicamente diseñados para ello, sino absolutamente todos. Pues desarrollan una gran cantidad de capacidades en los más pequeños, desde la estrategia hasta la capacidad para gestionar tanto la victoria como el fracaso.

De hecho, el juego de mesa es un elemento lúdico, de acuerdo, pero también pedagógico. Siempre que jugamos desarrollamos una gran variedad de habilidades mentales, desde el razonamiento lógico hasta la capacidad de investigación y, por supuesto, creatividad.

Además, el juego tiene otros beneficios directos en el desarrollo.

Fomenta la relación entre generaciones, pues es muy habitual que padres, niños, abuelos, tíos y primos se reúnan alrededor de la mesa para jugar. Ayuda en la autonomía de los pequeños, al obligarlos a tomar decisiones y comprobar las consecuencias. Y, cuando cometen un error, por supuesto que ellos también aprenden a gestionarlo.  

Y todo esto potencia el desarrollo cognitivo, asociando conceptos con más facilidad, relacionando ideas, estimulando el autocontrol y el desarrollo de todo tipo de habilidades: matemáticas, en juegos de estrategia y cartas, lingüísticas, con juegos de palabras o espaciales, con puzles, rompecabezas y muchos otros. Por no hablar del desarrollo de estrategia y razonamiento, en el caso, por ejemplo, del ajedrez. O de conocimiento, como el Trivial o juegos de respuestas o preguntas similares.

Porque, además, lo que se aprende jugando, se aprende para siempre.

De hecho, la infancia está precisamente para eso, para jugar mientras aprendes y aprender mientras juegas.